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Archive for the ‘Uncategorized’ Category

La hora

Cuánta vida en estas semanas.

Estoy en esta etapa de mi vida de casarme varias veces con el mismo, porque soy un poquito intensa.

Y ya me queda una sola boda en Canadá. La número dos merece post aparte, que será escrito en algún momento. Pero hoy quiero hablar de otro tema.

Los últimos tres años de mi vida han sido de transición. Una transición de la que estoy hasta el gorro. No tengo idea de cómo hemos sobrevivido Canadá y yo a casi cinco años de relación a distancia. Lo hemos hecho como hemos podido.

Me encantan las opiniones ajenas de: “claro, ¿pero cuánto tiempo habéis pasado juntos en realidad?”

Cómo le gusta a la gente menospreciar a los demás. ¿Alguien se imagina la cabezonería, voluntad y confianza que exige una relación a distancia durante cinco años? ¿Los sacrificios?

Sea como sea ya está, estamos en cuentra atrás. La transición llega a su fin y empezamos una nueva etapa. Que da miedo y vértigo pero la transición ha sido muy larga y básicamente me he dedicado a trabajar. Hasta el punto en el que se me hace muy complicado diferenciar el yo trabajador del “yo, yo” y me parece lamentable. También es cierto que la presión, el ritmo y el ambiente lo hacen muy fácil. Ha sido mi prioridad y ya es momento de otras cosas.

Ha sido dolorosa esta sensación de estar estancada según los amigos llegaban a Miami y se volvían, avanzaban, tenían familia, se echaban novios y demás cambios vitales.

Y yo aquí en mi casa que tengo sin decorar porque “solo venía para un rato”. Tres años y tres meses de rato no está mal. Es momento de viajar al Norte de nuevo y formar una familia. De hacer nido, pintar paredes, poner cuadros, cocinar para dos, buscar un perro, leer libros, visitar a la familia los fines de semana. De hacer pan, quizá aprender a tocar un instrumento, cuidar de las plantas.

Con todo lo malo también, que al final he venido a jugar y sin lo malo uno no sabe valorar lo bueno.

Y ya es hora.

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No sé ni por dónde empezar.

¿Por el principio? Mis padres son de izquierdas y cuando yo nací los lazos eran burgueses. Así que me vestían de bebé obrero. Mi padre me regalaba grúas y retroexcavadoras para que jugara. Estaba claro que yo era una niña, me ponían también vestidos etc, pero no me educaron con limitaciones debidas a mi sexo. Nuestro padre nos apuntó a las dos a clases de ajedrez porque el pobre quería que fuéramos las Polgár. Con cuatro años. Vaya coñazo. Suelo decir que me tiró a la marmita del ajedrez demasiado joven y me produce rechazo. Pero los hombres que juegan al ajedrez tienen puntos extra conmigo.

En mi adolescencia no era demasiado femenina, en clase me llamaban la nadadora “nada por delante y nada por detrás”. Qué entrañables los adolescentes. Yo era muy buena estudiante, me gusta leer, tengo buena orientación espacial, se me dan bien las matemáticas y los idiomas. Quería ser traductora y en casa no me apoyaron demasiado en mi decisión.

Terminé estudiando telecomunicaciones porque era la única ingeniería sin dibujo.

La primera vez que me topé con machismo así en la cara fue en la Universidad. Cuando nuestros compañeros capullos nos ninguneaban a nosotras. Eramos más o menos 50 % de mujeres en clase, en clases bastante pequeñas porque la carrera era nueva. Y nos encontramos con que nos apuntábamos en listas para ir la hora de laboratorio que nos convenía y nos tachaban de las listas. “Para estar ellos juntos”. Y luego hablan de las mujeres en el baño. La historia se polarizó tanto, incluidas unas elecciones a delegado en las que salté por encima de una persona porque cada voto contaba y faltaba un voto de nuestro lado, que los profesores acabaron también polarizados. Había profesores que daban clase a  las chicas y otros que daban clase a los chicos.

Los capullos pactaban las preguntas que se iban a hacer después de que uno de ellos hiciera una presentación. Y a nosotras nos hacían preguntas a putear.

De allí me fui a mi primer trabajo y todo esto desapareció. Conocí a mis chicos madrileños, a los que quiero y son mis amigotes. En ese trabajo había un ambiente que no he vuelto a tener después. Trabajábamos a turnos y pasábamos tantas horas juntos que la amistad se hizo muy especial.

Después cambié de trabajo y me fui a una empresa menos moderna. Una empresa… con la que tengo una relación de amor odio.

La primera vez que me encontré con una situación sorprendente fue cuando mi gerente me presentó a otro jefe diciendo “Esta es Heike, mira que alta y que simpática es”. Se me hace complicado pensar en una presentación parecida de un compañero.

Hubo otra vez en la que iba a tomar un autobus en Brasil y alguien me dijo que no era buena idea siendo mujer. Como le explicaba a Agur en su día, hasta ese momento no había sido consciente de que hacer ciertas cosas siendo mujer no es buena idea.

Que no se me malinterprete, por supuesto que he pasado miedo yendo yo sola a casa por la noche y más después de un episodio muy desagradable en mi familia, pero es difícil que me sienta intimidada. Mido 1 80.

SI que os voy a decir desde mi experiencia que los hombres bajitos, con alguna excepción claro, odian a las mujeres altas. Algunos son tan capullos que se sienten amenazados y necesitan humillarte verbalmente para sentirse superiores.

Mi trabajo es muy técnico y ya pasé hace muchos años en mi empresa latinoamericana la barrera de tener que defender mi posición, porque al ser mujer no están acostumbrados a que tengas conocimientos técnicos o a que les digas desde tu posición de jefe de proyecto qué es lo que tienen que hacer y qué esperas de ellos.

Un gerente me dijo una vez que las mujeres vascas somos así porque no tenemos un hombre al lado que nos domine. Tuve que recordarle que mi abuela se quedó viuda con 44 años y 6 hijos a su cargo. A la mierda, hombre ya.

Ahora estoy llegando a una nueva etapa muy agradable en la vida de una mujer trabajadora. La etapa en la que tienes 3x años, estabilidad económica y sentimental y dices bueno pues voy a ser madre. Y  nunca es buen momento. O la probabilidad de que sea buen momento es escasa. Y menos en un mundo sin compañeras ni jefas. No lo entienden. Ellos no tienen este problema. Ellos no tienen que buscar 5 meses en los que parar. Y si tienes 31 años como es mi caso, en el que se considera “que soy joven” pretenden que lo retrase n años hasta que “les venga bien”. Claro porque si tengo éxito en mi carrera cuando tenga más responsabilidad será mejor idea parar en ese momento que ahora cuando empieza a irme bien. Y es mejor idea tener el primer hijo con casi 40 años que con treinta y pocos, no te digo.

Yo digo que esto se solucionaría si obligaras a los hombres a tomarse baja paternal tan larga como las de las mujeres. Porque los hijos no son solo tuyos. Como decía la COO de Facebook en esta campaña , los hijos no son un trabajo a tiempo completo de las mujeres y a tiempo parcial de los hombres. Pero también tengo compañeros que dicen que si obligaras a los hombres a tomar una baja paternal la natalidad caería drásticamente. Que si fuera así ellos no tendrían hijos. Madre mía, cómo está el patio.

Me está ocurriendo otra cosa graciosa post-feminista (¿o machista?) en la que estoy recibiendo presión para tomar una decisión profesional que afectaría profesionalmente al canadiense. Es decir, que yo tendría trabajo y él no podría trabajar. Y me están diciendo que opinar que quizá esa oportunidad profesional ahora no sea buen momento es machista y que él debería dejarlo todo. Que darle prioridad por una maldita vez a mi vida personal sobre la profesional es un error.

Así que de nuevo “trae , que te organizo tu vida, que tú no sabes”. ¿No es machista esto? ¿Dar por hecho que yo no sé tomar decisiones por mí misma? ¿O que no tengo derecho a tomar una decisión en conjunto con mi pareja entendiendo sus necesidades y tratando de llegar a una solución que nos convenga a los dos? ¿Sería aceptable para ellos que él hiciera lo mismo? ¿Que tomara una decisión unilateral que me afectara tanto a mí?

Ojalá todo este asunto de la maternidad fuera flexible biológicamente y pudieras decidir “cariño, no me viene bien tener un niño ahora, tenlo tú y luego lo tengo  yo”. Sería más justo. Ya que biológicamente es nuestra la responsabilidad física y biológica de tener hijos, no estaría mal comprensión y apoyo por parte de la sociedad.

Que no nos despidan, que no juzguen cuándo ni cómo ni con quien, ni si si ni si no. Que no consideren que la responsabilidad después de paridos es únicamente nuestra, que no tenga un precio tan alto, que os calléis y nos dejéis en paz, coño.

Que a vosotros ningún metro medio de mierda os ha dicho delante de 15 personas que os quería tocar el culo y le han reído la gracia. Ni os pagan menos, ni tenéis que currar más, ni demostrar más, ni tener cuidado si sois muy bruscas porque entonces sois unas mandonas y unas brujas, ni unas flojas si os ponéis a llorar de rabia.

Si los hombres tuvieran la regla les darían dos días libres al mes.

Yo era feminista sin saberlo, era feminista  porque mi padre hacía y hace de todo en casa y jamás nos han educado en servir a un hombre, ni en lo que es “ser femenina” ni en no dar nuestra opinión, ni en que hay cosas que no debamos hacer.

Pero ahora, cuanto más sé del mundo más feminista soy.

Y a los que hablan de feminazis les cortaba el pene, como hacen con el clítoris de muchas niñas en este mundo. O les decía que no pueden leer,que no pueden estudiar,  que no pueden reírse sin taparse la boca, que está mal hablar sin que te pregunten, que tienen que depilarse, que una semana al mes son impuros, que tienen que pedir permiso para viajar o abrir una cuenta bancaria, o ir acompañados a los bares, o que comer solo en un restaurante es triste, o que ir solo al cine es triste, o que no les invitamos a no se qué viaje para poder irnos de putos.

Y otro día hablamos del famoso techo de cristal.

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La piedra y la mano

Hace un tiempo que empecé a salir con un chico… Bueno, salir, lo que se dice salir, salimos poco. Es lo que tenía vivir a 7400 km en línea recta. Cuando nos conocimos en ese Gran Hermano llamado Pueblo Inglés ninguno de los dos pensó en que aquello durara más de una semana. Y eso que me curré un montón la primera cita. Había huelga general (29-S de 2010) y me lo llevé con mi mujer de manifestación. Bueno, antes fuimos a comprar un mantel para su madre.

Te elijo un mantel en la primera cita.

Era su primera manifestación. Es lo que tiene ser un país del primer mundo, que no tienes muchos motivos para protestar.

La historia sigue con un primer “hasta luego” unas horas más tarde, porque él no dice adiós. Dice “hasta luego”. 

Un tiempo más tarde decidimos tener una segunda cita. En Nueva York. Así somos los de Bilbao, tenemos citas con perfectos desconocidos (o semiconocidos) en Nueva York. Y una tercera en primavera en Chicago. La verdad es que todo aquello no tenía mucho sentido, figúrate si dicen que “quien tiene un novio en Granada”… pues Canadá también rima. Pero allí que me planté el verano de 2011 y conocí a su familia y sus amigos. 

Sé que en el papel todo se lee romántico y maravilloso, pero las relaciones con 8 husos horarios de diferencia, trabajos a turnos y no verse tienen de todo menos romance. Este romance era a.W, es decir, antes del Whatsapp. Todo muy fácil. La realidad es que avanzábamos un poco a trompicones. En uno de estos trompicones me pide que me vaya a Jamaica a pasar las Navidades con su familia. Y fui. Lo pasamos bien, se agarró su primer gran ciego juntos “¿por qué no estás tan borracha como yo? “vete, vete a divertirte con mi familia, no quiero arruinarte la tarde” “he arruinado las vacaciones”… Vamos un pedo chungo en toda regla. Muy entrañable.

Por fin llegó el momento de que conociera a mi familia, así que en Abril de 2012 se vino a España a conocer a la gente. “Tu padre es muy serio, estaba pensando; Yo soy su padre, ¿tú qué quieres?”, a comer carrilleras de ternera, oreja de cerdo, pollones de mar

Inciso

Hay que hacer mención a su primera cena en España, en casa de Agur y su esposo, en la que como siempre el señor esposo se curró la cena poniendo: percebes “esto son pollas de mar”, pulpo, almejas, rape, etc. Se pimplaron la botella de Chivas 12 años del señor esposo y el canadiense siempre se lo cuenta a la gente. “Nos bebimos su botella de Chivas 12 años”. Al esposo además de cocinar se le da igual de bien tocar los cojones, Agur le pedía clemencia y el canadiense contestaba “me ha hecho la cena y me estoy bebiendo su whisky , que me diga lo que le salga de los huevos”

Fin del inciso

La verdad es que lo pasamos bien, me lo llevé a Haro, Donosti, Bilbao, Santoña, excursiones varias por Cantabria… Y se cayó muy bien con todo el mundo. Hubo otra gran noche en la que los maridos de mis amigas le enseñaron a decir “que no me entere que ese culo pasa hambre” y cuando le tradujeron lo que era pegó un grito. No entendía la aclaración de “eso aquí es cariñoso”. Al año siguiente le enseñaron el término “solo la puntita”. Tiene que aprender conceptos importantes el muchacho.

Después yo me marché a Miami y la cosa mejoró notablemente, ¡dos horas de diferencia horaria! ¡una en invierno! ¡seis horas de vuelo en lugar de 24! También llegó el pasar más tiempo juntos, desde que me mudé aquí intentamos pasar dos semanas juntos cada dos meses o algo así. En un principio yo llegué a Miami para pasar seis meses y después intentaríamos inmigrarme a Canadá.

Pero el proceso inmigratorio, expatriador, o exilioso no es tan sencillo. No, no.

Al principio busqué trabajo, una empresa tenía que ofrecerme un trabajo y financiar mi visado. Sencillísimo. Meses más tarde se hizo evidente que no iba a ser tan sencillo. Me salió la oportunidad de quedarme aquí y decidimos que de momento era lo mejor, y que pasado un año del nuevo trabajo intentaríamos que me dejaran teletrabajar.

Tampoco ha resultado tan sencillo por varios contratiempos en mi trabajo. Hace unos meses, después de consultar con abogados, leernos la página web de inmigración sesenta y dos veces y una charla con Recursos Humanos se hizo evidente:

– Os tenéis que casar.

Tuve otro par de conversaciones románticas con el consulado español en Canadá y el de aquí y se fue refinando el concepto.

Os tenéis que casar en Estados Unidos.

Hablar de estos temas por Skype o facetime no es lo mejor, así que hace un par de meses… 

– A ver Heike, tú te encargarás de algunas cosas cuando estemos con el proceso inmigratorio, pero yo me tengo que encargar de otras. ¿Está claro?

– Señor, sí, señor.

– Tú te mereces “hacer las cosas bien”.Así que tienes que confiar en mí y dejarme hacer mi parte. Después iremos concretando cosas. Ya he visto que tengo que regalarle un reloj a tu padre y pedirle permiso.

– ¿Qué?

– Lo he leído en Internet.

– Vale pero no es así.

Pero entonces Internet mienteeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee.

Pobrecillo.

– ¿Vosotros pedís la mano al padre de la novia?

Mirada como si le hubiera dicho que quería esperar a consumar nuestro amor a la noche de bodas.

– Por supuesto.

– Bueno, en España eso solo se hace en la clase alta, creo. Mi padre es muy tímido y lo pasariáis mal los dos. Además no sé cómo puede reaccionar al ponerse nervioso. Tú haz lo que quieras, pero vais a pasar un mal rato los dos. 

Unos días más tarde busqué por curiosidad la página que podía haber consultado 

Por favor, fijarsus en donde pone “The bride will wear either an elaborate white wedding gown or she may wear a colorful flamenco dress”

Está claro, esa tradición triunfa en Olot y Hernani a partes iguales.

Llegó la Navidad, me fui a España:

– ¿Qué pasa con vosotros? ¿Cuándo te vas a Canadá? ¿Qué tal los papeles?

– Pues vamos a arreglarlos ahora…

En más confianza contaba lo del concepto de “hacer las cosas bien”. Para él era importante seguir sus tradiciones y hasta cierto punto a mí me parecía lógico respetarlas. Solía bromear “no sé si está entrenando unicornios”.

Hace diez días salí de trabajar y fui a casa, que estaba él esperándome. 

Me probé mis zapatillas nuevas de correr y me dio la piedra. La piedra me gustó, como dicen mis amigos “es la señal o down payment”. No me valía en la mano izquierda, que fue la mano votada por el público como la mano para llevar el anillo.

Qué queréis que os diga, después de 4 conversaciones por facetime y comentarios de 7 personas de “llevas el anillo en la mano derecha, ¿por qué?”, decidí someterlo a la votación del público y llevarlo a agrandar para llevarlo en la izquierda. Que en mi país se lleve en la derecha y yo sea zurda y por tanto me sea más cómodo en la otra mano… He decidido obviarlo. Presión de grupo lo llaman y yo soy fácil.

Al día siguiente su madre le pide mi dirección “para mandarnos una postal”. Entre el compromiso, que para ellos no es rollo Hollywood y el asunto postales, era obvio que nos iba a mandar una postal, aunque yo ni me lo había planteado.

Con el asunto postales me refiero a que mi querido futuro esposo (ja) me regala una postal por cada cumpleaños, aniversario, etc. Y su madre también. De hecho como en Norteamérica en San Valentín se celebra con la gente a la que quieres, su madre me regaló una postal de San Valentín y un trapo de cocina. Con corazones. Es muy maja la señora, si fuera de Albacete igual me ofendería pero lo asigno mentalmente al choque cultural y sigo llevándome bien con ella.

Ese mismo día intentamos hablar con mi padre por videoconferencia y fue imposible. Así que le llamé, se lo conté, se comportó e incluso me dio la enhorabuena, mientras el canadiense estaba de los nervios y hablaba con mi hermana. Mi hermana intentaba tranquilizarle diciéndole que es muy tímido y parece muy serio, pero que de verdad que le aprecia. “Tu hermana sonríe, eso parece buena señal”. 

Ahí el canadiense se tranquilizó, pero algo debía de estar rumiando porque dos días más tarde me pregunta… “oye tu padre… ¿nos va a mandar una postal de felicitación?”

Le miré con cara, me empecé a descojonar imaginándome a mi padre, ese señor cántabro jubilado que juega al ajedrez, yéndose a comprar una postal, escribiendo con su letra de médico algo así como “os deseo lo mejor”… Me desorino.

El canadiense me miró y dijo “ok, choque cultural”.

Ayer por cierto, llegó la postal de sus padres y con esto termino. Otro rato os cuento lo de las tres bodas… que promete.

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El exilio

Esta mañana, un día después de mi trigésimo cumpleaños, un par de amigos que me aprecian me han enviado este vídeo.

http://www.youtube.com/watch?v=qxu5W4bj4I8&feature=youtu.be&rdm=w2wko69o&client=mv-google&guid=&gl=ES&hl=es&app=desktop

Estaba dedicado a sus amigos los que nos hemos ido y enseguida han empezado a llegar los comentarios. A mí no me gusta empezar el día llorando y últimamente no llevo el exilio voluntario tan bien como quisiera.

Así que voy a vomitar un poco mi frustración aquí.

Una de las chicas amigas de mi amiga comentaba que se había emocionado especialmente al ver a las madres que son las “auténticas sufridoras en silencio de nuestra ausencia”. Ja.

Yo todavía no estoy en proceso de crianza así que no conozco el maravilloso amor incondicional que una madre siente por un hijo y sin embargo…

Mi madre puede echarme mucho de menos a mí. Sentir que la he traicionado porque en mi caso el exilio fue voluntario. Yo tenía un buen trabajo y me independicé con 22 años. Llevaba seis años fuera de casa. Yo soy una privilegiada del exilio. Y cuando llegué a esta ciudad hace año y cuatro meses no me costó adaptarme, enseguida hice amigos que son como mi familia y con los que me lo paso muy bien. 

Probablemente debido a que yo soy de la ESO y por lo tanto no tengo comprensión lectora; estoy sensible y ayer cumplí 30 años y eché de menos muchas cosas, insisto probablemente debido a todas esas razones ese comentario lo interpreté mal. 

Pero aquí va mi reflexión.

Mi madre me echa mucho de menos a un nivel que yo debido a que no tengo hijos soy incapaz de comprender.

De acuerdo. 

Yo le echo de menos a ella. Y a mi padre. Y a mi hermana. Y a mis amigotes, a mis amigas, a los hijos de mis amigas que no he podido conocer. También echo de menos ver al Wyoming por las noches, poder ver a mi abuela más de dos veces al año. No me entusiasman las castañas, pero echo de menos ver un puesto de castañas en la esquina porque es otoño. Echo de menos pedir una tostada con tomate para desayunar, el sentido del humor negro, poder decir “mecagüen mi puta vida” en la oficina cuando tengo motivos sin que llamen a un cura. 

Echo de menos el transporte público, la sanidad pública (defended lo vuestro), las croquetas, la ensaladilla rusa, las montañas, el euskera, “Quién quiere casarse con mi hijo”, las cervezas en formato cañas, irme los fines de semana a Bilbao, el kalimotxo, salir de potes, salir de vinos, los bocartes, el mercadillo de los sábados en Santoña, el sofá de Agur, el café de las once de la mañana, el menú del día, esas dos semanas de vacaciones al año que he perdido, las comidas en casa de mi tía, el Prado, el Thyssen, las fiestas de los sitios, tener tres grupos distintos de amigotes. Ni qué decir tiene que echo de menos los gintoncs bien puestos. Echo de menos mis cosas que están esperándome en unas cajas en un trastero a ver qué pienso de la vida.

Mi mensaje es que si yo que estoy aquí de manera voluntaria últimamente lo llevo mal, los que han tenido que salir obligados, por muy bien que se hayan adaptado lo estarán pasando peor. 

Así que por favor, por caridad, no nos mandéis esta clase de vídeos emotivos. Porque pueden ser muy emotivos, pero a mi que me hagan llorar antes del primer café no me sienta muy bien. 

Sí que aprecio sin embargo que me mandéis fotos de gintonics, fotos de vosotros juntos, fotos de croquetas, fotos de recuerdos compartidos.  

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Tengo cierta obsesión por las listas y me encanta el blog de Chica lista. Y el mío lo tengo bastante abandonado. También llevo mal cerrar etapas, la incertidumbre y las etapas de transición.

Y estoy en mitad de todo eso, pero serán los benditos 30 que llegan en 25 días y que hacen que este fin de etapa y esta etapa de transición intensa las esté viviendo moderadamente bien. Con gracia. Con vino. Con sudor.

Y digo los benditos treinta porque suelo rodearme de mujeres más mayores que yo que hace años que me dicen que los treinta son estupendos, de tranquilidad mental y de seguridad en una misma.

Y además Agur y yo llevamos años hablando de cómo sería nuestra década de plenitud sexual y veo que ella lleva la mitad vivida con bastante alegría.

Cuando iba a cumplir 20 mi padre me dijo “empieza una de las décadas más importantes de tu vida, en la que tendrás tu primer trabajo, te comprarás tu primer coche, tu primera casa, te casarás y tendrás un hijo”. Bueno padre, acertaste un 20 %. No pensé yo que llegando a los treinta mi estado financiero no estaría saneado y menos teniendo un buen sueldo pero voy curando mi “derrochismo vital” poco a poco. Y qué leñe, a falta de un plan de pensiones tengo DOS. Uno a cada lado del Atlántico. Que el estadounidense fuera un error es parte de otra historia.

Como decía, solo he cumplido el 20 % de las cosas que se suponía que tenía que hacer en mis veinte, pero es pura palabrería porque mi padre en realidad me pide pocas cosas. La más importante es que le sobreviva. Considera que es mi única obligación como hija. La segunda es que felicite a sus hermanas en su cumpleaños. Es de bastante buen conformar.

Después de esta pequeña introducción (ja) paso a contar veinte cosas que he hecho en mi veintena y que jamás imaginé que haría.

–          Correr una carrera de 5 km. Odiaba correr. Ahora me gusta.

–          Vivir en EEUU. Aunque sea de transición. Este año largo está siendo bueno y creo que estoy aprovechando la experiencia al máximo. No, no me pienso sacar la Green card.

–          Cuidar de un gato. A mí me gustan los perros. Pero ahora me encuentro con que estoy cuidando con mis amigos del gato de nuestra amiga japonesa que está visitando a su marido en Hong Kong. Abofeteadme si queréis. Ahora soy una “española por el mundo” y de aquí a un año hablaré como Chabeli.

–          Hacer cursos de escapar de helicópteros hundidos. Fue una semana intensa y divertida.

–          Embarcar durante 35 días en un cablero submarino. 35 días con 57 hombres. Tuvo muchas consecuencias. Algunas desagradables. Otras buenas, como que en mi empresa me respetan un montón y se  cuentan entre ellos “es la del barco”.

–          Ser vacilada por Micky Nadal. En una fiesta de Navidad. Tenía motivos para vacilarme.

–          Vivir con una tuicstar. Cuando la conocí no sabía qué era el twitter. Y ella tampoco. Como decía el otro día @juaninllo, su pestaña de menciones tiene que ser lo más parecido al infierno.

–          Pasar unas navidades en Jamaica. Pues no, nunca me había planteado que pasaría unas navidades en Jamaica con una familia canadiense.

–          Tener un novio canadiense. Fue super amor a primera vista. Vamos que vi el percal que había de hombres solteros y le dije a Agur “Agur pues mira, puedo concentrarme en aprender inglés”.

–          Dar clases de canto. Como cantaba tan horrorosamente mal que la gente no sabía qué carajo tarareaba cuando me pedían tararear una canción y no cantaba ni cuando estaba sola, decidí empezar a dar clases de canto una vez por semana. La mejora ha sido impresionante. La gente sabe qué narices tarareo.

–          Cantar en un grupo. Berrear más bien. Y obligada. Y solo canto yo sola un par de canciones.

–          Hacer el descenso del Sella en kayak. ¡Y fue tan divertido las dos veces!

–          Hacer el Camino de Santiago. Vale, solo 5 etapas. Pero fueron 110 km, que no está nada mal.

–          Estudiar un máster. Un MBA. Especialización en marketing. Que me permitió cambiar de trabajo en el mal y pasar a ser “Agente Especial” porque de marketing más bien poco.

–          Tener una cita en Nueva York. Lo del novio canadiense da para “muchas cosas que jamás pensé que haría” y esta es una de las más especiales. Nos plantamos una semana en Nueva York, sin conocernos apenas. Y aquí estamos, tres años más tarde.

–          Dejar de morderme las uñas. Y de masacrarme los dedos. Esta casi conseguida.

–          Y el pelo largo. Yo siempre he sido chica de pelo corto. Lo llevé corto a lo chico de los 20 a los 22. Creo que esta aventura de melenón va a durar hasta finales de 2014 y luego se acabó. No tengo ni paciencia ni ganas.

–          Comer casi de todo. Cuando empecé la veintena no me gustaba el café, ni la cerveza, ni el marisco, ni las legumbres, ni, ni… Y ahora soy de esos imbéciles que dice que “antes del café no soy persona”, la cerveza me gusta en formato caña, no más grande, sueño con unas alubias rojas con venado, me pirran los mejillones y los percebes, y las cosas que no me gustan se cuentan con los dedos de la mano. El coco. Algunas vísceras. Algunas cosas gelatinosas.

–           Conducir. Me saqué el carnet con casi 22 años, aprendí a conducir con un tanque heredado casi tan mayor como yo y ahora que he descubierto los coches automáticos creo que el próximo atasco de la M30 va a conducir un coche manual Rita.

–          Pensar en casarme para conseguir los papeles de permiso de trabajo de un país. Que tiene que ver con la del novio canadiense. Este tema ha dado para hoooooooras de conversación con muchas personas, disgustos familiares, gente opinando fuera del recipiente, consultas con abogados, lloros, crujir de dientes, etc. Parece que la única opción para que Canadá (el hombre) y yo vivamos juntos es hacer las cosas bien y casarnos. Por favor, tomad nota del sarcasmo de “hacer las cosas bien”. No puedo hablar más del tema porque no es romántico. Esta frase es verídica. Seguiremos informando, porque da para novela.

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Heike vs Kindle

En capítulos anteriores:

Cómprate un kindle

– No porque no huelen y no se pueden dedicar los libros, y a mí me gustan los libros en las estanterías, y son mis amigos, y ¡soy anti libro electrónico y punto!

Así pasaba mi vida y las cenas en casa de Agur debatiendo con los amigos de su esposo.

Y entonces llegó la mudanza y el crujir de dientes. Porque mi mudanza a Miami era sólo por seis meses así que en mi querida empresa consideraban que no había por qué pagarme una mudanza. Implicaciones (o implicancias en Sudamérica): no podía llevarme todos mis libros. De hecho podía llevarme pocos libros y yo con el máster sin terminar, así que de mandarme libros tenía que mandarme los libros del máster. 

No recuerdo exactamente en qué momento llegué a una situación de compromiso entre mis ideales, rígidos, estrictos, vehementes, bocazas en conclusión y la practicidad. Pero decidí que podía comprarme un kindle y los libros especiales seguir comprándomelos en papel. Al fin y al cabo ya había decidido deshacerme de los libros no especiales. 5 cajas de libros imprescindibles tengo, qué barbaridad. 

¿Cómo voy a vivir en una casa en la que no estén mis libros en una estantería? Eso no puede pasar. Siempre he tenido claro que en mi casa ideal tenía que haber un txoko para mí, con un sofá cómodo, un equipazo de música y un montón de estanterías con libros. Algo parecido a… esto.

Yo era una niña con gafas  ADH (antes de las Hormonas) a la que su madre solo castigó una vez . El castigo fue: una semana sin leer. Tremendo. Tremendo castigo porque yo era una niña pegada a un libro, comía con un libro delante, merendaba con un libro delante, desayunaba con un libro delante. Me acoplaba el libro bien con el plato o el bol de los cereales para mantenerlo abierto y mi madre se ponía de los nervios viendo que manchaba las hojas de comida. Eso era la felicidad para mí y me daba absolutamente igual que se pudiera manchar un poco una hoja con tomate o colacao.

Todo esto para contar que había decidido comprarme el kindle en Miami y así se lo hice saber a Agur hace un par de semanas, que se puso rara: ¿quieres que te acompañe a comprarlo? No le di mucha importancia porque creí que el comportamiento extraño era ella intentando no gritarme TE LO DIJE, TE HAS RENDIDO EH CABEZONA DE MIERDA.

Pero resulta que unos días más tarde en mi fiesta de despedida mis amigos me regalaron el libro de 1080 recetas de cocina de Simone Ortega (Edición de bolsillo, con ilustraciones de Mariscal, ideal para viajar con él debajo del brazo) ¡y un kindle! un kindle touch además.

Un kindle touch con una canción dedicada además, creada con songify. Y con dedicatoria de mis amigos. Yo que llevaba gruñendo al kindle un año al menos, a cuenta de que no se podía dedicar, me encontré con una dedicatoria de mucha gente muy querida, fotos y bonitas palabras. Y yo que llevaba aguantando sin llorar al decir hasta luego a mi madre, a mi padre, a mi familia, a mis amigas de Bilbao, incluso al ser inmundo de 19 años que es mi hermana… tuve un sofocón. Pero me mantuve bastante entera.

Y soy feliz, porque el kindle tenía 600 libros, alguno tuve que borrar de inmediato porque simplemente que estuviera ahí me hizo sentir sucia pero… ¡ los Episodios Nacionales! ¡ Almudena Grandes! ¡Beevor!

Además de comentaros que tiene una funda con luz. Con lo que me revienta a mí no tener una lamparita porque entonces no puedo leer y las lamparitas me parecen a mí mucho más importantes que un horno, por ejemplo, ahora… llevo la lamparita incorporada. Y un montón de libros que echo a mi bolso en un momento, con nada de peso, porque el señor Beevor escribe unos ladrillos del copón.

Lo único que echo en falta es que esto del libro electrónico tenían que haberlo inventado hace al menos 20 años. Porque ya no me hace falta enganchar el libro con el plato para mantenerlo abierto. Y creo que eso es lo mejor que me podían regalar. 

 

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¿La mudanza? Pues éramos 9, los muchachos decidieron que a pesar de que yo les había dicho que el somier no entraba por el hueco de la escalera (ese fue el disgusto del viernes) iba a entrar por sus narices. Tuvieron un percancillo y ya aceptaron que no se podía.

Así que… se pusieron en plan hombres. Es curioso, no sabía que fueran a darlo todo de esa manera.

– ¡Venga, lo subimos por la fachada! ¿Tenemos cuerda?

– Yo tengo navaja.

¿Voy a comprar cuerda?

Allí que nos vamos el osillo, el Gordo Cabrón Del Medio y yo.

Me sale la vena PM.

Además soy teleco, es decir, que todo redundado mucho mejor, y decido comprar dos cuerdas.

GordoCabrónDelMedio – ¿Pero por qué vas a comprar dos cuerdas de 20 metros?

Heike – Por si acaso

GordoCabrónDelMedio – ¿Pero por qué?

Heike – Por si acaso

Llegamos al lugar de los hechos. Repartimos lata de cerveza por barba.  Amigos en balcón, esperando la cuerda.

Heike – Les subo la cuerda

GordoCabrónJr – No, se la tiro yo.

Se la lanza y se encaja en el balcón de la vecina de abajo (que no estaba en casa).Todos nos descojonamos.

GordoCabrónDelMedio – ¿Por esto querías comprar dos cuerdas?

Heike – Por ejemplo

Mientras el osillo hace nudos corredizos en el somier, pasa un tío conduciendo camión de mudanzas y nos dice que hagamos dos puntos de amarre al somier. Los de arriba le miran sarcásticos y se ponen a aplaudir. Los de abajo les decimos:

– ¡Hijos de puta! ¡Que si se baja del camión a los que pega es a nosotros!

Subieron el somier con éxito.

Ningún osillo fue dañado durante la elaboración de este post.

En próximos capítulos de este blog, y coincidiendo de manera curiosa con la semana fantástica de Bich, van a aparecer posts de colaboración.

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