Para @rojovegas, por prestarme un salmantino admirable
Antony Beevor. La guerra civil española.
De los altavoces en las calles surgían las notas del himno de la Legión “El novio de la muerte” y en las emisoras de radio cada tarde sonaba un cornetín para anunciar el “parte” desde el cuartel del Generalísimo. En este ambiente cuartelero iba a tener lugar un notable acto de coraje moral, un incidente jaleado por el énfasis que se dio en él al valor puramente físico de la guerra. El 12 de octubre, aniversario del descubrimiento de América, “Día de la Raza”, tuvo lugar un acto ceremonial en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca. La audiencia estaba integrada por notables del Movimiento, incluido un fuerte contingente de la Falange local. En el estrado tomaron asiento Carmen Polo, esposa de Franco, Pla y Deniel, obispo de Salamanca, el general Millán Astray, fundador del Tercio de Extranjeros (que llegó acompañado de sus legionarios) y Miguel de Unamuno, rector de la Universidad. Unamuno, irritado contra los gobernantes de la República, había apoyado al principio el “alzamiento ” que debía “salvar la civilización occidental, la civilización cristiana que se ve amenazada”, pero no podía pasar por alto la matanza que se había llevado a cabo en la cudad bajo las órdenes del comandante Doval, aquel que se había hecho famoso como represor en Asturias, ni los asesinatos de sus amigos Casto Prieto, alcalde de Salamanca, Salvador Vila, catedrático de árabe y hebreo de la Universidad de Granada, o García Lorca.
Los discursos iniciales corrieron a cargo de Vicente Beltrán de Heredia y de Jose María Pemán. Acto seguido el profesor Franciso Maldonado lanzó una tremenda diatriba contra los nacionalismos catalán y vasco, “cánceres de la nación” que había de curar el implecable bisturí del fascismo. Al fondo de la sala alguien lanzó el grito legionario “¡Viva la muerte!” y el general Millán Astray, que parecía el auténtico espectro de la guerra, manco, tuerto y cubierto de cicatrices, dio los “¡vivas!” de rigor, mientras los falangistas saludaban a la romana hacia el retrato de Franco, que colgaba sobre el sitial de su esposa. El alboroto se desvaneció cuando Unamuno tomó la palabra:
Estáis esperando mis palabras. Me conocéis bien y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir. Porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia. Quiero hacer algunos comentarios al discurso, por llammarlo de algún modo, del profesor Maldonado. Dejaré de lado la ofensa personal que supone su repentina explosión contra vascos y catalanes. Yo mismo, como sabéis, nací en Bilbao. El obispo, lo quiera o no lo quiera, es catalán nacido en Barcelona.
Pero ahora acabo de oír el necrófilo e insensanto grito: “¡Viva la muerte!”Y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían, he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. El general Millán Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un invválido de g uerra. También lo fue Cervantes. Pero, desgraciadamente, en España hay actualmente demasiado mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muncísimos más. Me atormenta pensar que el general Millán Astray pudiera edictar las normas de la psicología de la masa. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor.
Éste es el templo de la inteligencia. Y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaríais algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España.






Agh. Mucho me temo que se repetirán aquellos momentos, aunque espero que no sean de forma tan violenta. Corren malos tiempos para la inteligencia y la cultura, y se avecinan peores. No interesa la gente versada, la individualidad ni el pensamiento crítico. Interesa mucho más una masa aborregada, que prefiera la muerte a pensar por sí misma.